domingo 1 de mayo de 2011

“QUE DESCANSEN EN PAZ LAS PIEDRAS”


Me acuerdo muy bien de mi abuelo, me acuerdo que le gustaba mucho el campo e intentaba trasmitirme sus conocimientos y su amor a la naturaleza, a pesar de mi corta edad recuerdo que recorría aquellos lugares en otoño tras las primeras lluvias, buscando espárragos con su borriquillo y su perro. Decía que conoció a los primeros buscadores de piedras que cavaban en lo que aun llaman hoy Córdoba la vieja, porque se comentaba que había debajo una ciudad enterrada. Y decía también que muchos desaprensivos se llevaban piedras a sus casas, vasijas e incluso capiteles para adornar patios o jardines particulares con magníficas joyas palatinas. Luego vinieron los intelectuales y los artistas preocupados por aquel expolio, se puso de moda el respeto y la valoración de las cosas antiguas. Mi abuelo contaba que por aquel tiempo conoció un moro viejo que andaba por allí con un cayado y un lazarillo, pues su avanzada edad le impedía caminar con seguridad entre los terrones y las piedras de aquel suelo, venido de lejos aquel anciano demostró ser docto en la historia pues conversó con algunos arqueólogos y profesores de Córdoba sobre pormenores de la antigua ciudad enterrada, aportando detalles, nombres y fechas relativos a sus últimos habitantes. Congenió con mi abuelo, según mi madre, porque tenían ambos un gran conocimiento y dedicación a las plantas medicinales que por entonces eran mas abundantes y utilizadas que ahora.

Y el abuelo quedó maravillado de unas palabras del moro, que dirigidas a los saqueadores y desaprensivos le oyó decir:

“Que descansen en paz las piedras como nosotros, que el nombre de la ciudad se respete como el de los muertos, aquella que fue, según el poeta, llorada con lágrimas eternas.

Malditos, malvenidos, descubridores innobles, buscadores de tesoros mil veces saqueados.

Intentar rehacer el paraíso es imposible, buscad vuestra fortuna en otra parte o vuestros propios antepasados harán pagar cara vuestra avaricia. El recuerdo es la más preciosa virtud, cantada por el poeta en versos que renuevan las estrellas cada día y el corazón de los hijos se enternece en la noble esencia de los pájaros y las rosas que guardaban el secreto de la infancia prolongada y la belleza eterna.

Nunca pudo un ejercito con espadas de oro y escudos de cristal resistir la agresión de los bárbaros ni los capitanes hijos de reyes nacieron para combatir traición y alevosía.

Arrullada en los pechos de las blancas palomas y adornada en la gracia de cervatillos y jirafas que surtían sus fuentes, se levantará tal vez un día como una bruma sutil, como una esbelta garza que solo podrán ver los creyentes, los agraciados, los ungidos con la esencia olivácea de la eternidad y aquella medina perdurará en el misterio de los ojos de sus descendientes como un mensaje vivo de posteridad.

No merece la ciudad palatina que sus restos sean expuestos como baratijas ni que todo lo que murió con ella se rememore como en una feria, porque todo fue hecho para elegidos y sólo los que leyeron el libro del profeta, saben que la hermosa ciudad duerme en las entrañas de otra, no menos bella, digna de reencarnarse de nuevo en capital del mundo, porque sus gentes, sus casas, sus calles y sus fuentes tienen la semilla del canon exclusivo del gran arquitecto ante el que supieron mantener su fe. Justo donde los halla, el magnífico, el todopoderoso, sabrá premiar la larga espera y otorgar cuando encuentre el suficiente número de almas que lo valgan, la ciudad prometida”.

A pesar del tiempo transcurrido resultan hermosas y guardamos, manuscritas por mi abuelo, las palabras del viejo moro, con cariño; pero creo fundamental la puesta en valor de los restos arqueológicos y su importancia como fuente de nuestra historia y nuestro pasado.


Desde niño he frecuentado Córdoba la vieja siguiendo la tradición de nuestra afición a los espárragos o simplemente practicando senderismo hasta la misma Medina Azahara. Una tarde de otoño me sorprendió la lluvia por el camino, aceleré el paso y me refugié en el recinto que llamábamos los cordobeses “Las ruinas de Medina Azahara”.

Llovía copiosamente en el entorno, llovía como si el cielo quisiera derramar sobre esta ciudad el llanto de una aflicción infinita. El llanto por la tristeza de haber sido y el dolor de ya no ser. Llovía sobre las largas hileras de tuyas, sobre los naranjos, sobre las higueras, sobre los mosaicos del suelo y el estuco de las paredes. La lluvia crea fantasmas que aparecen entre cortinas de bruma salpicada en la ensoñación de la mirada sostenida y el cansancio. El chapoteo parece un murmullo lejano que viene de las fuentes y arroyos y las riadas que bajan escalones arrastrando hojas secas. Relámpagos azules iluminan la ciudad, recortados entre los arcos hacen parecer los fantasmas más cercanos.

Por un momento creí ver viva la ciudad y renacer las fuentes y las luminarias y el ir y venir de la gente alrededor del palacio, el esplendor y la gloria de otros días pasaba frente a mí como un sueño. En un pequeño vuelo entré al palacio como un invitado y quedé maravillado del salón rico, la fuente de mercurio, los mosaicos con teselas de oro y los adornos de perlas.

De repente cesó la lluvia y el arco iris me pareció una escalera en el cielo por donde subiría aquella favorita del califa legendaria con su cohorte de huríes. El tímido sol tras la tormenta me despierta a la realidad de piedras antiguas y ruinas.

Tal vez tuviese razón aquel moro que conoció mi abuelo.

ABOD ROC

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