miércoles, 27 de mayo de 2015

55 ESCALONES (Microrrelato concurso Iasa)

55 Escalones


55 eran los escalones que debía subir Manuel, mi abuelo,  para llegar a su vivienda. Lo sabía bastante bien pues diariamente los contaba al ascenderlos. Era extenuante. 
Manuel rondaba los 90 años, varias operaciones a sus espaldas incluida cadera y ya no podía andar bien sin la ayuda de su muleta.

Su único contacto con la realidad cotidiana  era su duro paseo diario a casa de su hermana. Pero la mayor aventura no era el camino en sí, sino subir esas malditas escaleras todos los días.

Manuel compró aquel piso en su pueblo cuando rondaba la treintena. Muy ilusionado en aquel momento, siguió las obras como niño que ahorra dinero para comprarse su primer juguete. Allí pasó muchísimos buenos ratos. En él, crió a sus hijos y nietos, en él celebró navidades, cumpleaños… y gran parte de los mejores momentos de su vida gozaban de aquel piso como escenario.

El pisito era sencillo, no bien distribuido pero moderno para aquellos tiempos estéticamente hablando. De grandes habitaciones pero sin grandes vistas. Bien situado en su época, eso sí, y de los primeros que se construyeron. Antes todo eran casas. 
Pero lo que nunca se imaginaría, es que vivir en un tercero sin ascensor fuera una de sus peores pesadillas sesenta años después.

Manuel y María, su esposa, se complementaban en su día a día bastante bien. Manuel cuando joven era quien traía los víveres a casa,  ahora que ya no podía, los roles se intercambiaron y lo hacía ella.

La relación con los vecinos era cortes, pero fría. No podía olvidar que en todas las reuniones de comunidad celebradas anualmente, los vecinos se negaban siempre en contribuir en la construcción de un ascensor o salvaescaleras, aun contando con ayudas de estamentos públicos, y a Manuel, no le gustaba meterse en pleitos para exigir posibles derechos.

Les hubiera gustado pasar el resto de sus días en aquella su casa, pero dada la situación, pasaban largas temporadas con sus hijos en la capital, cosa que les agradaba por la compañía, pero sabemos que “como en casa no se está en ningún sitio”.
Habían pasado varios años, (y operaciones varias) desde que la pareja no pisaba su piso. Evidentemente ellos solos allí ya no podían estar.
Una mañana, sonó el teléfono. Una voz ronca y familiar les anunciaba que su hermana, aquella hermana a la que Manuel visitaba diariamente cuando vivía en el pueblo había muerto.

Evidentemente Manuel quiso ir al entierro y yo como nieto me ofrecí a llevarlo en mi coche. A la llegada, antes de pasar por cualquier lugar, Manuel quiso subir a su casa para recoger cuatro cosas, seguramente quería ver su piso después de años sin pisarlo.
Lo ayudé a subir con paciencia. Tardamos bastante en subir aquellos 55 escalones. Él no se quejó,  aunque su respiración era bastante sufrida. Empezó a hablar –“Cuando nos vinimos a vivir aquí, tu abuelita y yo elevamos sueños. De no tener nada, construimos nuestro nido. ¿Has visto que cómodos son estos escalones?”.




Un Chat Andalou 

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